Sunday, December 2, 2012

"Pacto por México: acto fallido" (Revista Proceso, 2 de diciembre de 2012)


Foto: Octavio Gómez, Proceso
El “Pacto por México” promovido por Enrique Peña Nieto busca reemplazar los necesarios debates públicos sobre el futuro de la nación por negociaciones tras bambalinas entre los mismos políticos de siempre. El nuevo presidente quiere evitar a toda costa someter sus propuestas al debate parlamentario o a la deliberación ciudadana. Pretende retornar a los tiempos del partido de Estado hegemónico en que el presidente de la República mandaba como un rey y los demás políticos levantaban sus dedos en anuencia, o “se atenían a las consecuencias” de su rebeldía.

Ninguno de los personajes que hoy negocian el pacto ha sido elegido por medio de una votación democrática, universal y directa. Si bien Gustavo Madero, Jesús Zambrano y Pedro Joaquín Coldwell fueron “elegidos” por sus partidos como dirigentes, ninguno de los integrantes de la mesa de negociación ocupa hoy un puesto de elección popular. Juan Molinar Horcasitas, José Murat, Luis Videgaray, Miguel Ángel Osorio Chong, Jesús Ortega, Carlos Navarrete y Santiago Creel son funcionarios del gobierno federal o simples náufragos de la política en busca de nuevas chambas a costa del erario. Ninguno cuenta con una representación ciudadana. Todos responden a sus jefes políticos.

El nuevo pacto PRIANRD tampoco cuenta con participación social. No se ha convocado a la presentación de propuestas de la sociedad ni se han compartido con la ciudadanía los borradores o documentos de trabajo. El pacto es un documento negociado por políticos de dudosa trayectoria, sin liderazgo social y de espaldas a la ciudadanía. No podemos esperar nada bueno de ello.

La accidentada presentación en sociedad de la mesa de negociación el jueves pasado fue un clásico ejemplo de un “acto fallido” o, en este caso, un “pacto fallido”. Sigmund Freud desarrolló la teoría del “acto fallido”, o “desliz freudiano”, para entender el sentido profundo que muchas veces tienen nuestras equivocaciones supuestamente accidentales. Por ejemplo, el extravío de las llaves del coche podría deberse no a un simple lapsus, sino a un deseo inconsciente de quedarse en casa. O llamarle a alguien por un nombre equivocado podría en realidad implicar el deseo de que esa persona sea alguien diferente...

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